“Estoy deprimido”

Esta simple construcción ha sido repetida, a lo largo de la historia del ser humano, más veces que cualquier exhibición de felicidad. Y es que tenemos que reconocerlo: la autocompasión es un vicio y veneno característico de nuestra raza, al que todos recurrimos en algún momento de nuestra vida.


Algunas veces caemos en ella de forma pasajera y otras veces las circunstancias, o incluso nuestro entorno, nos hacen pasar auténticas temporadas de puro sufrimiento continuo, porque… ¿qué hay peor que sentirse mal con uno mismo? Decepciones, estrés, malas decisiones, rupturas, traiciones, tonterías varias que le pueden pasar a cualquiera… las razones que usamos para deprimirnos son cada vez más y más originales (tengo el honor de presentaros el famoso “síndrome del community manager“). Incluso podemos decir que todos tenemos un amigo/conocido famoso por estar eternamente “deprimido”, sensación que han potenciado las redes sociales -¿somos más infelices por tenerlas o es que nos gusta llamar la atención?-. Por lo cuál, antes de tan siquiera mezclar las palabras depresión y videojuegos, vamos a la verdadera cuestión:  ¿Sabemos qué es una depresión?

DEPRESIÓN

La depresión (del latín depressio, que significa «opresión», «encogimiento» o «abatimiento») es el diagnóstico psiquiátrico que describe un trastorno del estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana (anhedonia). Los desórdenes depresivos pueden estar, en mayor o menor grado, acompañados de ansiedad. Esta alteración psiquiátrica, en algunos casos, puede constituir una de las fases del trastorno bipolar.

Depresión y videojuegos

Ya lo dice nuestra amiga la Wikipedia y deja claro que no hace falta ningún ensayo académico para saber que confundimos la tristeza y la desgana, con una enfermedad muy seria como es la depresión. Abusamos de la expresión mostrada al inicio de este artículo con una facilidad tan desbordante, que en el terrible caso de padecer un verdadero trastorno, nos damos cuenta de lo ignorantes que hemos sido. ¿Cómo saber si realmente estamos inmersos en una? Es la pescadilla que se muerde la cola -o si se me permite, el Auryn, que es mucho más espiritual-. Aunque podemos reconocer ciertos síntomas, es cierto que es muy difícil autodiagnosticarse de una enfermedad, que ya de por sí, nubla nuestros sentidos. El camino que tenemos por delante, muchas veces no es recto y, en ocasiones, parece no tener final, provocando repentinas curaciones con recaídas estrepitosas. Una y otra vez… el eterno retorno. Acudir a un profesional es, sin duda, la mejor opción en estos casos.

Aunque no sea el tema que trataré en este artículo, me parece importante resaltar la complejidad de un interesante experimento realizado por Zoe Quinn, una desarrolladora de videojuegos que concibió la idea de mezclar los conceptos depresión y videojuegos, al crear una especie de simulador de depresión, que se basa en la simplicidad de sus mecánicas para implantar en el jugador la acuciante sensación de un laberinto, ¿sin fin? Así, en Depression Quest encarnaremos a una persona que se encuentra en un momento duro de su vida y que avanzará a través de una aventura conversacional (en formato navegador) tomando desde opciones decisivas en su vida, hasta “minucias” -que bajo el prisma de la depresión, se tornarán en decisiones de vida o muerte-.

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